ADICCIONES, DROGODEPENDENCIA.La dura senda de la recuperación
Testimonios de padres de pacientes y ex consumidores que buscan superar la dependencia
Ramón Ferreira está cansado de recorrer juzgados. Espera con impaciencia la orden de un juez que, bajo la figura legal de protección de personas, obligue a su hijo, Juan Benito, de 18 años, a reanudar un tratamiento por su adicción a la marihuana. El sospecha que también consume paco y otras drogas duras.
"Mi hijo estuvo 10 meses en Casa del Sur, pero hace un mes empezó a consumir otra vez. No puedo irme a trabajar tranquilo porque está vendiendo todas las cosas de la casa. Incluso nos amenazó de muerte a mí y a mi señora, si no le damos plata para seguir consumiendo", cuenta con la voz entrecortada. Ferreira es plomero y gasista; vive en Temperley con su mujer y otras dos hijas, de 13 y 9 años. Es un trabajador que saca el dinero justo para vivir. Está desesperado. La adicción de su hijo lo llena de impotencia.
"Es una situación terrible para la familia porque nos culpamos unos a otros. Tener un adicto afecta mucho. Es un infierno. A mí me destruyó, arruinó mi apellido, mi dignidad, porque él sale a robar para conseguir droga. Yo alerto a mis vecinos si sé que anda dando vueltas por ahí."
La desesperación de Ferreira es tan grande que hasta prefiere que su hijo vaya preso antes de que siga consumiendo. "Lo único que puede ayudarlo ahora es ir a la cárcel", dice.
Ferreira está también preocupado por sus hijas. "Temo por ellas porque el hermano las invita permanentemente a consumir. Y también por mi mujer, que es la que está en casa. A ella la golpeó para sacarle plata." Por eso, y para que su hijo encuentre una cura definitiva, Ferreira está recorriendo juzgados. "En 15 días habrá novedades", dice que le contestaron en la Justicia. Serán otros 15 días interminables, en vela y en alerta, y con la incertidumbre de no saber si a su hijo se le está acabando el tiempo.
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Juan Cruz siempre fue un chico especial. Inquieto y con algunos trastornos de personalidad, como el 88 por ciento de los que tienen adicciones. Recibió apoyo psicológico desde que tenía cuatro años. Nunca pudo afianzarse en un grupo, cambió permanentemente de escuela y terminó el colegio a los 19. En el medio, tuvo tres internaciones psiquiátricas tras varios episodios de agresión. Empezó a consumir mientras cursaba el secundario.
"La droga empeoró el cuadro. Aunque ya era agresivo, empezó a tener cambios bruscos de carácter; la relación entre nosotros era cada vez peor. Bajó mucho de peso, y se iba y no aparecía hasta el otro día. Ya no se podía hablar con él; no había diálogo", cuenta Liliana Villalba, madre de Juan Cruz, de 23 años.
Poper, ketamina, éxtasis, metanfetaminas y paco son algunas de las sustancias que pasaron por el organismo de Juan Cruz. "Primero fue la cumbia y después las fiestas electrónicas. Andaba con amigos que tenían armas. Y nos confesó haber robado una vez un quiosco para conseguir plata para consumir. Lo cuento y se me hiela la sangre", dice Villalba, médica dermatóloga que vive en Flores.
Después de este episodio, ella y su marido, Horacio, también médico, fueron al juzgado para pedir una orden de internación. Y llegaron a Casa del Sur. "A mí me lo salvaron ahí. Su destino era la cárcel o la muerte", afirma Villalba. Después de casi un año de internación, Juan Cruz salió en noviembre de 2008.
"La internación fue espectacular. Ahora el tema es la adaptación afuera. Empezó a hacer un curso; tuvo varios trabajos, pero ninguno le dura. Está con tratamiento ambulatorio; tiene que ir todos los días, pero dice que ya no quiere seguir yendo. Mi marido fue al juzgado para que lo obligaran a cumplir el tratamiento. Anda con gente que consume; por eso no puedo asegurar que no haya vuelto a consumir", se lamenta la mujer.
"Antes me daba vergüenza decir que tenía un hijo adicto; ahora, no. Considero que está enfermo. Yo voy a seguir haciendo todo lo necesario para sacarlo de la droga. Que no digan que los padres no se ocupan. Hay una tendencia a culpabilizar a los padres, y esto no justo", dice.
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Desde los 14 hasta los 32 años, Jorge Esteche vivió en una nebulosa: la que construyó sobre la base de cocaína, anfetaminas, marihuana y otras tantas sustancias que iban apareciendo en su camino. Pero aun en el pico de su adicción, una pequeña luz asomó entre tanta oscuridad.
"La cocaína no llegó a matarme. Estuve cerca de la muerte, pero hubo algo, una luz, que no dejó que me muriera", cuenta Jorge mientras colabora en el rodaje de un video en la sede de Casa del Sur, lugar en el que es coordinador terapéutico.
A casi todo adicto le llega un momento en que toca fondo. A Jorge le llegó una noche, en el comedor de su casa, mientras su familia dormía. "Estaba sentado ahí, tratando de que algo de lo que tenía en la mano me surtiera efecto. Hice un cóctel con lo que tenía y tuve una sobredosis. Me interné solo. Pero me escapé y me encerré en mi departamento 15 días mientras mi familia estaba afuera, buscando un lugar para vivir. Después, ingresé en la comunidad terapéutica José María Jorge, de Burzaco, donde estuve internado casi dos años. Hoy estoy vivo gracias a ellos".
Cuando terminó el tratamiento, Jorge sintió que tenía que devolver algo de lo mucho que le habían dado: "Hice cursos; fui a congresos; me formé y trabajé en comunidades terapéuticas y en grupos de autoayuda. Y hace 3 años llegué a Casa del Sur".
"Aprendí a vivir -dice-. Hace 17 años que no me drogo. Perdí muchas cosas que no pude recuperar, pero ahora trato de no mirar atrás y devolver. La vida me dio otra oportunidad."
AUTORA : Laura Reina ,LA NACION
FUENTE: Diario LA NACION, Publicado en edición impresa ,
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1171609
FECHA: Lunes 7 de setiembre de 2009|
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