Menu Principal
header
titular
 

PSICOGERIATRÍA
Los devenires de la ancianidad, Zolotow, David Mario

En una posmodernidad que idolatra todo lo joven, novedoso y nuevo, desvalorizando la experiencia, la historia y las raíces, incluyendo nuestros antecesores, un libro sobre la vejez en sus múltiples dimensiones, familiar, psicosocial, comunitaria, ayuda a reflexionar, meditar y discurrir sobre nuestras conductas y responsabilidades para con nuestros mayores.
Cuidando a los que cuidan, ya que suele ser esta tarea complicada y difícil, rescatando la posibilidad de cambio y adaptación que la raza humana posee mientras hay vida, ayudará su lectura a cuidadores familiares y profesionales a ampliar su comprensión sobre los ancianos, sus necesidades y sus potencialidades haciendo de la convivencia con ellos una experiencia satisfactoria y enriquecedora.

Lic. Amanda López Molina

(Selección de texto)

DE LAS FAMILIAS

El abuso en los ancianos lo ejercen generalmente personas en las cuales ellos depositan su confianza: familiares, cuidadores aunque también profesionales médicos, abogados, empleados, etc. También en la mayoría de los casos en que se presenta, la víctima convive con el victimario, generalmente un familiar dependiente en vivienda o económicamente del anciano.

Entre las razones que explican esta situación, se encuentra que la persona que atiende a un anciano dependiente se agota después de un cierto tiempo de dormir poco, trabajo físico extenuante y estrés emocional. También sucede porque la demanda y las necesidades de los mayores exceden las respuestas posibles de los cuidadores.

A veces depende de la naturaleza violenta transgeneracional de la familia o la personalidad propia del cuidador.

La organización social de la familia existe dentro de un contexto cultural donde la violencia no sólo es aceptada y tolerada sino a veces también estimulada.

Los actos de violencia pueden ocurrir en cualquier clase social, en cualquier grupo racial, en ambos sexos, en todos los niveles educacionales y en cualquier etapa del desarrollo familiar.

La víctima y el victimario constituyen su subsistencia dentro del sistema familiar, cuya conexión es la de la interrelacionar cómo sus fuerzas y debilidades personales convergen y contribuyen a situaciones que tienen el potencial de resultar en violencia.

 

En este modelo, el maltrato se presenta como el resultado de una variedad de factores de tensión que actúan sobre la familia como un sistema.

Algunas de las variables que pueden ubicar a una familia potencialmente abusiva en crisis o situación de riesgo son:

La enfermedad física o mental.

Un ambiente inadecuado a las necesidades físicas o emocionales.

Sobrecarga de tareas familiares.

Incapacidad de llevarlas a cabo.

Falta de habilidad para resolver problemas.

Desintegración familiar.

Desempleo y otras crisis vitales.

 

Muchas veces los ancianos no denuncian esta situación por:

miedo a ser conceptuados como merecedores del abuso;

miedo de perder lo poco del afecto al cual pueden acceder;

miedo a la venganza por temor a ubicarse en una situación más favorable;

incapacidad física o emocional de denunciar esta situación.

 

Algunas características de los ancianos maltratados y de los que maltratan.

Ancianos maltratados Personas que maltratan

(víctimas) (victimarios)

edad avanzada autoestima baja

falta de opciones falta de recursos

aislamiento pobre control de impulsos

dependencia angustia

incapacidad falta de capacidad para enfrentar situaciones

importancia violencia incorporada (aprendida)

miedo enfermedad

proyectan la culpa de sus conductas sobre

terceros, y también las frustraciones

PARTICULARIDADES Y EJEMPLOS

Si existen rivalidades entre hermanos, nos podemos encontrar con una situación de un hijo favorito y otro rechazado; si el hijo rechazado se convierte en cuidador, el padre continúa generalmente alabando al hijo ausente y de esta manera potencia y exacerba conflictos no resueltos, que pueden finalizar en un maltrato hacia su persona.

Cuando son mujeres las que asumen el cuidado de un anciano dependiente, asumen también un rol de hijas o nueras, habitualmente tienen otras tareas y preocupaciones, y la sobrecarga, el estrés, tienen efectos negativos en la atención del mayor, y también en la cuidadora, al aparecer sentimientos de culpa y frustración.

Cuando el anciano se siente mal por su estado de dependencia él también puede reaccionar negativamente, alimentando con su cuidador hostilidades mutuas.

Al tener el cuidador un conocimiento limitado del proceso de envejecimiento, y sobre las necesidades del anciano, puede actuar negligentemente, aun con buenas intenciones (falsas expectativas en la respuesta del mayor); y, en el caso del anciano, éste no se da cuenta de la carga excesiva que deposita en su cuidador.

Por comodidad, el cuidador muchas veces decide y no consulta lo que el anciano quiere o puede hacer; esto va inhibiendo la capacidad de los mayores de poder tomar sus decisiones, y dándole el poder de la relación al cuidador en virtud de su fuerza y la vulnerabilidad de sus víctimas. El anciano, al percibir la situación en que vive, entra en desesperación e impotencia, y la incapacidad de escapar de situaciones abusivas. Esto muchas veces realimenta el maltrato.

Cuando la familia no tiene suficientes recursos, físicos, emocionales o financieros, la violencia es el recurso más habitual para resolver los conflictos.

Una familia se acomoda más fácilmente a casos urgentes y temporarios; cuando las dificultades comienzan a cronificarse, es también muchas veces cuando se inician los abusos.

Muchas veces, ni la familia ni el anciano, que perciben este malestar, consultan con el profesional adecuado, por temor a empeorar la situación o que se haga pública.

El sistema familiar abusivo es en general un circuito cerrado con muy poco intercambio de energía con el medio ambiente y un gran aislamiento, tanto para la víctima como para el victimario.

Cuando en la familia se incluyen otras personas para la atención del anciano, a menudo no se le consulta, y generalmente el trato que recibe de parte de su enfermera o cuidadora es impersonal; ésta pone en grave peligro su identidad, ya bastante vapuleada por la vejez, designándolo con términos que pretenden ser afectusos, pero que lo degradan, infantilizan y estupidizan, como abuelito/a, queridito/a, y casi nunca por su nombre.

Este trato acrecienta la crisis de identidad, disminuye la autoestima y aumenta la regresión, todo lo cual produce enfermedad. También es una forma violenta establecer pautas para que este anciano se comporte de determinada manera porque “yo necesito esta respuesta para organizar mi vida”.

Igualmente, no dejar a los padres vivir solos cuando ellos así lo desean. A veces, frente a la viudez de uno de ellos, es frecuente que uno de sus hijos no pueda resistir que el que queda siga viviendo solo. Se lo lleva a su casa, y esta convivencia, pasado el período de luna de miel, se hace pesada y una carga difícil de llevar. Ya para esto el anciano no se adaptó a estar solo. Perdió tiempo y le va a se difícil ahora vivir solo; posiblemente con el correr del tiempo será expulsado de la casa e irá a parar aun residencia. En cambio, ayudarlo adaptarse a vivir solo hubiera sido más doloroso al comienzo, pero con el rédito de un período seguramente largo vivido en forma independiente; llegaría a vivir a caso de los hijos recién cuando ya no pudiera autoabastecerse, así podría terminar su vida en el seno de su propia familia y no en una residencia.

A menudo, muchas propuestas pasan por lo que otros creen que es bueno para los viejos y no por lo que ellos como familia los deja tranquilos y no lo que es mejor para los viejos.

Debe tenerse en cuenta que, así como la persona que cumple el rol de cuidador siente a veces una gran sobrecarga y debe resolver situaciones conflictivas aun equivocadamente, también debe aceptarse que los ancianos poseen maneras particulares de resolver sus dificultades, que a veces incluyen: la manipulación, facilitar el enojo entre diferentes miembros de la familia, la queja constante, el uso de su enfermedad o discapacidad para inspirar lástima o crear culpas, y esto no hace más que alimentar el circuito de conductas abusivas.

DATOS DE INVESTIGACIÓN

En 1998, dos investigadores (Pillemer y Finkelhor) encuestaron a 2.020 personas ancianas en Boston, EE.UU., y entre los datos obtenidos se revela que el maltrato por parte del cónyuge (58%) era más prevalente que el mal trato de los hijos adultos (24%), que era aproximadamente igual la cantidad de víctimas mujeres que hombres, y que el estado económico y la edad no tenían relación con el riesgo de ser maltratado.

El marco de referencia estuvo dado por cinco explicaciones derivadas de la literatura sobre el tema:

dinámica intraindividual:

transmisión intergeneracional de la violencia;

dependencia;

estrés externo;

aislamiento social.

En otros hallazgos, se determinó que los agresores tenían muchas más probabilidades que el grupo de control, de tener problemas mentales, emocionales y / o de alcoholismo, y de depender de las víctimas. Por el contrario, los ancianos maltratados no eran más dependientes en lo funcional que el grupo de control en las actividades diarias; en efecto menos dificultades en varias tareas.

Sin embargo, las familias en que hubo maltrato tendieron a tener menos contactos externos y estaban menos satisfechas con éstos. Ninguno de los otros dos factores de riesgo en la investigación, la transmisión generacional o el estrés externo, fue convalidado por los datos.

Rosalie S. Wolf (1994) refiere: “... entre los muchos factores de riesgo propuestos originalmente, el que más apoyo ha recibido es el estado psicológico del perpetrador, las relaciones de dependencia entre la víctima y el perpetrador, y el aislamiento social. En un estudio similar realizado en Canadá, se encontró que aproximadamente 4 de cada 100 ancianos son objeto de maltrato, que la cantidad de hombres y mujeres es la misma y que el maltrato del cónyuge es probablemente más común que el maltrato de hijos adultos.”

En otro párrafo, afirma: “Como ocurre con otras formas de violencia doméstica, la cuestión de los abusos a los ancianos pone en tela de juicio la santidad del hogar y la bondad inherente al hombre. Sin embargo, a diferencia de los malos tratos a los niños, este problema plantea una serie de dilemas legales y éticos en relación con el derecho de los ancianos a la autodeterminación y el deseo de la sociedad de intervenir en sus vidas.”

¿QUÉ SE PUEDE HACER?

¿PODEMOS INTERVENIR?

Aceptar que el maltrato existe y que tiene un efecto destructivo en la calidad de vida de los viejos.

Reconocer los derechos a la autonomía de las personas ancianas y su necesidad, al mismo tiempo, de ser protegidas por la sociedad.

Asegurar que los ancianos tengan acceso a la información y a los servicios a los que pueden recurrir para tratar su problema.

Asegurar que los servicios sean accesibles y ofrezcan respuesta operativas.

Asegurar que en cada región se realicen trabajos de investigación eficientes y de prevención sobre el maltrato en la vejez.

Formular leyes protectoras adecuadas y conseguir el apoyo de la comunidad.

Educar en todos los niveles para un mero entendimiento de los procesos del envejecimiento, situaciones de estrés y de riesgo, su manejo y su reconocimiento.

CONCLUSIONES

El tema del maltrato a los ancianos en nuestro país está empezando a salir a la luz.

Las primeras publicaciones al respecto no tienen más de diez años y en general se trata de traducciones y aportes de otros países.

En los congreso, seminarios y eventos gerontológico, prácticamente es inexistente, lo mismo que en el campo de la investigación.

En 1995, la Sociedad de Geriatría y Gerontología incluye un capítulo para comenzar los estudios del tema.

En reuniones informales y en observaciones institucionales, se comprueba la existencia del problema; también en el servicio telefónico sobre violencia familiar que posee el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Se registran denuncias de abuso y maltrato a los mayores.

Todo esto nos compromete como profesionales dedicados a elevar la calidad de vida de los “mayores”, a realizar los esfuerzos necesarios para la prevención y promoción de la dignidad humana.

(...)

TITULO: Los devenires de la ancianidad

AUTOR: Zolotow, David Mario

EDITORIAL: Lumen Hvmanitas, 2002. Buenos Aires, Argentina

 Agradecemos a Editorial LUMEN, el envío de este material para su divulgación


 

 

 

footer