prevencion, psicoeducación: , REPORTAJE a Eva Giberti
“Los padres de hoy están desvalidos” Por Magdalena Ruiz Guiñazu
La psicóloga y psicoanalista advierte sobre las consecuencias que tiene el sueño del “hijo perfecto”. La realidad de una paternidad cada vez más compleja en tiempos en que los niños dominan tecnologías que los adultos desconocen.
Sensibles. “Lo que el chico desea no es lo mismo que lo que realmente quiere. Lo que quiere cambia con los años, el deseo lo lleva adentro.”
En recientes y famosos casos judiciales, el mito del hijo perfecto aparece cuando los padres se frustran frente a una realidad que no responde a los sueños que ellos acunaron para sus hijos. Incluso, hasta podríamos hablar de un dilema clásico que acarrea las conclusiones más sorprendentes.
Eva Giberti (psicóloga, psicoanalista, como reza su tarjeta) ha dedicado la vida al estudio de estas apasionantes y terribles relaciones que se anudan con frecuencia en las familias. Y hoy, aún frente a la pesada tarea de coordinar el programa de Víctimas de violencias del Ministerio de Justicia y Seguridad de la Nación, no abandona la investigación sobre esta mirada tan especial de los padres sobre sus hijos.
—El sueño del hijo perfecto es común a mucha gente, ¿no es cierto, doctora?
—Tal como usted dice es el “sueño” de mucha gente. Pero es un sueño porque, habitualmente, los hijos nos despiertan y a veces encontramos un paisaje filial que es encantador y el chico no es exactamente lo maravilloso que usted esperaba pero es encantador en otras cosas. Por ejemplo, uno esperaba un ingeniero y el pibe se hizo músico. Un músico lindo, bueno, que puede tener su público. Pero, otras veces, despertamos de ese sueño y resulta que el chico ha frustrado todas las expectativas nuestras que en realidad son la antítesis de la educación.
—¿Qué tipo de educación?
—Mire, la educación se caracteriza por la tolerancia respecto de los deseos del chico. O sea que, para educar a un chico, tengo que tomarle el pulso poco a poco para ver qué es lo que le gusta y qué es lo que realmente quiere. A su vez, esto está en las antípodas de lo que era la educación profesional. “Hijo, vos tenés que ser de una determinada manera porque… lo que está bien es que seas médico y no esto que se te ocurre ahora como tener una banda de rock. ¿De dónde sacaste ese invento?” Actualmente, hay muchos chicos que lo que quieren es tener una banda de rock. Entonces, el problema de la educación en cuanto a la exigencia reside en no poder escuchar el deseo del hijo. Y el deseo del hijo usted lo va encontrando progresivamente desde muy chiquito. Los padres se dan cuenta de qué es lo que le gusta o no le gusta nada. Hacia dónde tiende. En qué se queda entrampado, metido, jugando. Para lo cual, por supuesto, no tiene que estar 43 horas frente a la televisión o chateando en la computadora. Pero, en cambio, hay que estar muy atento a que lo que el chico desea no es lo mismo que lo que el chico realmente quiere.
—¿Cómo es eso?
—¿Cómo se lo puedo definir? Le explico: hay una diferencia entre lo que el chico desea y lo que quiere. Son dos cosas distintas. Nuestro hijo puede querer hacer una determinada cosa pero, a lo largo de los años, usted verá que ese querer va cambiando en las distintas etapas de la vida. Por ejemplo: a los cinco o seis años él quiere coleccionar figuritas así como a los dos años, quería abrir y cerrar los cajones y las puertas. Son etapas. Pero es lo que él “quiere” en ese momento. Y más adelante, entonces, “quiere” tener un grupo de amigos y significa que esto corresponde al momento de cambio por el que transita en esa edad. Esto no es lo mismo que el deseo. El deseo es lo íncito, lo que lleva adentro. Algo que ni escucha ni sabe todavía.
—¿Algo genético?
—Yo no me atrevería a decir que es genético; si bien, hoy en día, los genetistas hablan, por momentos, con un lenguaje quasi psicoanalítico. Cuando yo era chica (4 o 5 años), estaba en el jardin de infantes del Normal Nº 1 y, permanentemente, mi papá y mi mamá tenían que ir a la escuela porque yo “me portaba mal”. ¿Qué quería decir “me portaba mal”? Le cuento: en el jardin de infantes había mesas chiquitas con sus correspondientes sillitas y lo que yo hacía era descalzarme (sacarme las medias y los zapatos) y caminar sobre las mesas. Entonces eso era considerado una cosa espantosa. Una indisciplina, inclusive “moral”, como les decían a mis padres. Les advertían también que probablemente mi futuro se presentaba como “riesgoso” por mi indisciplina. Me retaban y yo, claro, hacía otras cosas. Mi manía era con la autoridad. Luego, en la escuela primaria (siempre en el Normal 1) me bautizaron “Evita cohete”. De esto hace ya, claro, muchos años pero cuando nos ponían nota (10, 8, etc) yo me pasaba la mitad del año sentada “al frente” porque me portaba mal. No es que me portara mal. Simplemente, conversaba con mis compañeras y me molestaba mucho que la señorita (no la voy a nombrar pero recuerdo perfectamente su nombre y su físico) no dejara de decir: “Evita, al frente”. Y el motivo era que yo no respetaba la autoridad del silencio. Muchos años después, me dí cuenta de que toda esta historia era mi postura frente a la autoridad. Ni le cuento lo que fue la secundaria. Nunca tuve amonestaciones pero tampoco nunca pude estar en el cuadro de honor porque mi conducta era “buena” o “regular”. Tampoco pude ser abanderada a pesar de tener notas entre 9 y 10. En realidad, no aguantaba que me dieran órdenes sin explicaciones. Además, me insurreccionaba, contestaba, discutía. Esto quizás pueda ser entendido como un carácter fuerte. Pero ¿qué es esto de carácter fuerte? Eso no existe. Fíjese que, con el correr de los años, yo hoy reacciono exactamente igual. Entonces ¿cuál es el deseo que yo descubro ahí a lo largo del tiempo? En una palabra, que no me victimicen. Yo vivo trabajando con víctimas y defendiéndolas de los ejercicios de exceso de poder que recaen sobre los chicos, los grandes, las mujeres. O sea que, si yo tengo que reconocer en mí cuál fue desde el comienzo mi deseo...
La mirada de Eva Giberti se detiene un momento en las copas de los árboles de la plaza Vicente López hacia la que mira su consultorio. Luego, retoma.
—Mi deseo es la pelea contra el abuso del poder que según distintas edades yo consideraba injusto y durante toda mi carrera y en mi formación psicoanalítica he venido peleando con ciertos aspectos de la teoría psicoanalítica freudiana muy rígida en particular con el tema “género”.
—Es decir que usted se enfrentó siempre con lo dogmático.
—Sí, por supuesto. Lo dogmático que no admite cuestionamientos. A mi edad, me he dado cuenta (y como sigo haciendo lo mismo) que el deseo es lo que, finalmente, aparece como un eje que dirige nuestra vida pero del cual no sabemos muchas veces casi nada. Uno defiende algo que es íncito, que es propio, que viene de adentro y que nos hace sentir conformes con nosotros mismos cuando podemos seguir esa línea. Entonces, para eso hay que escuchar a los chicos. A veces tiene que ver con la vocación. Yo lo veo en mis pacientes. Hay chicos que pintan y dibujan maravillosamente bien pero: “No, dice el papá, tiene que estudiar administración de empresas”. He visto mucho de esto. Por ejemplo, en chicos músicos que vienen a la sesión psicoanalítica con su guitarra. Incluso les he grabado cosas preciosas, pero los padres quieren otra cosa. O sea, que la imagen del hijo perfecto o exclusivo es una imagen que, generalmente, remite al narcisismo de los padres. A ser mirados como padres de un hijo perfecto. Y esto es muy peligroso porque es el hijo el que queda entonces en segundo plano.
—Y qué pasa, doctora, si el chico que sigue el deseo de los padres alcanza a ser perfecto o exclusivo.
—Puede ocurrir que el chico no tenga luego interlocutores. O escasísimos interlocutores porque es muy poco común encontrarse con otro hijo “perfecto” que permita dialogar y sentirse cómodo.
—¿Cómo suelen ser los padres que buscan el hijo perfecto?
—Son casos que estoy viendo más a menudo de lo que ocurría hace veinte o veinticinco años. En aquel tiempo, los chicos tenían que estudiar inglés y guitarra. Ahora, tienen que estudiar montones de otras cosas más de las que habitualmente estudian. Por ejemplo, en tecnología. Esto explica por qué, permanentemente, nos pasan por arriba. La computadora, el mp3 y todo lo que hacen con los celulares. Algo mágico. Se han apropiado de cosas maravillosas (a veces incomprensibles para nosotros) y sobre todo, nos ha volteado, a los adultos, la idea de saberlo todo y ser siempre el punto de referencia. “Preguntale a papá, a mamá, a la maestra”. Por lo tanto, estos chicos nos generan un ejercicio de modestia. Sobre todo en el ámbito de la tecnología. La dimensión de excelencia de los chicos para consigo mismos corresponde a “todo lo que yo sé más que otros”. Esa es su excelencia. Su dominio de la excelencia. En cuanto a los papás no escuchan la frustración que esto les significa porque ellos quieren que, en esta época globalizada, la excelencia y la perfección impliquen el triunfo en el mundo. Atención con esto. A mí, cuando era chica, no se me ocurría que tenía que triunfar en la Ciudad de Buenos Aires y, mucho menos, en la Argentina. Pero ahora la excelencia y la perfección tienen como horizonte una perspectiva globalizada. Los chicos tienen que viajar por todo el mundo y, por lo tanto, manejar idiomas, tecnologías y, sobre todo, ser sanos y deportistas. Lo cual es una complicación porque los pibes están tomando mal alcohol. No es que estén aprendiendo a beber. No. Toman alcoholes de cuarta, muy baratos y que son la negación del buen beber. La excelencia que se espera de estos chicos es un horizonte distinto. Tienen que ser triunfadores. Ir a los Estados Unidos y lograrlo allí. Las empresas en las que entran a trabajar tienen que enviarlos de un país a otro, etc.
—Es decir que la perspectiva del éxito ha cambiado.
—Totalmente. Le estoy hablando del chico perfecto en la escuela y del hijo perfecto que ya es un adulto. A los padres, en la escuela, ya se les ha caído la ilusión como a los demás adultos. Hoy en día, el adolescente perfecto es el que se lleva sólo 3 materias porque, en general, se llevan el año. Y lo digo con esta lógica porque los chicos me dicen: “Escuchame, Eva, ¿para qué voy a estudiar todo el año? Tengo que salir con mis amigos y en diciembre junto todo y meto las materias con 4”. Es un razonamiento que no tiene nada que ver con incrementar el saber. Entonces, estudiemos qué les enseñamos o qué es lo que la escuela les enseña. En este momento, con el ministro Sileoni, hay proyectos. Ya con Filmus los había y debo decir que también Sileoni es un ministro de Educación con pensamiento de vanguardia. Ellos tienen mentes muy claras acerca de lo que hay que enseñar y lo que les pasa a los adolescentes. La escuela no puede dar cuenta de todo. Hay una educación informal que proviene de la televisión y de la vida y del Google. Ayer estuve en un acto organizado por el Ministerio de Educación y por Desarrollo Social por un concurso sobre cómo luchar respecto a la violencia contra las mujeres en todo el país. Los aportes eran con spots, videos, poesías, cuentos, programas de radio. Por primera vez, la escuela abre los ojos y cuenta lo que sabe. Porque ver a los chicos golpeados y a las nenas violadas hace décadas que lo ve. Pero de eso no se hablaba. Estaba prohibido y fuera de programa. Ahora lo han introducido en el programa y esto ¿qué significa?
—Un cambio muy importante.
—Sustantivo y diría que desdichado porque en realidad tendríamos que estar enseñando otras cosas. Pero es un intento de ubicar a los chicos en la realidad. El mundo está globalizado, decíamos, y lo cierto es que estas denuncias de violencia vienen de las Naciones Unidas. Entonces para ser hijos de un nivel de excelencia es fundamental introducir a los chicos en temas no previstos por los sueños de sus padres. Los padres no tenían en la cabeza que sus hijos fueran perfectos en el manejo de la tecnología que ellos desconocen o que fueran perfectos en el conocimiento de datos de la vida que son realmente espantosos y terribles pero que son los que les ofrecemos cada día los adultos. ¡Eso sí que no estaba en el programa del hijo perfecto! Por una parte, la vida los sobrepasó y, por otra, los chicos sobrepasan a los padres. El asunto está en saber que esto no puede implicar una crítica sistemática a los padres. Yo me ocupé mucho tiempo de Escuela para Padres y le digo que actualmente no se puede ser crítico porque los padres de hoy están sumidos en un desconcierto y, a veces, en un desvalimiento muy grandes.
—¿Por qué desvalidos?
—Porque, por lo general, quieren, aman a los hijos pero también necesitan amarse a sí mismos y tomar al hijo como prenda que satisfaga su orgullo. Es decir que ellos, los padres, acertaron. Que pueden mostrar al hijo como modelo. Como la madre de los Gracos que, en la historia de Roma, se presentaba ante el emperador acompañada por sus dos hijos y decía: “Estas son mis joyas”. Bueno, esto resulta cada vez más complejo y más difícil porque hay una cultura filial que no corresponde a las expectativas de otras épocas de los padres. Yo he empezado a escuchar a padres que dicen: “Lo que quiero es que mi hijo sea feliz” Ah, bueno, pienso, ahora empezamos a acertar, ¿no? Al decir “quiero que sea feliz” también estamos formulando que el hijo se haga cargo de sus deseos y que viva con ellos.
—Con todo lo que usted nos está diciendo, doctora, uno mide el abismo de dolor y de tristeza que deben tener los padres de chicos “diferentes”. Llamémoslos así.
—Eso también hay que revisarlo. Ayer, en el concurso que le mencioné, tuve que actuar como jurado y uno de los ganadores fue un grupo de niñas “diferentes”, “especiales”. Yo no lo sabía. Las fotos de la producción que presentaron son conmovedoras porque casi todas tenían síndrome de Down, muy bien trabajado. Es decir, el síndrome de Down ya no es una desgracia. Es un estilo de vida que tiene que incorporarse a la vida común de la sociedad con otras características físicas y con otras expectativas. Estas niñas (púberes, chiquilinas) más otra niña que tenía una alteración diferente, me decían, a la manera de las que León Gieco muestra en Mundo Alas: “Gracias, señora. Yo se lo debo a usted”. Es decir que hay que terminar con el concepto de que los chicos diferenciales están perdidos. No. Ahora la energía la ponemos en que estos chicos “diferentes” sigan siendo diferenciales en un mundo que tiene que reconocerlos como ciudadanos con los derechos que les corresponden. Y además el mundo debe hacer un ejercicio ético y estético porque el problema con los chicos diferenciales es estético. Y es una obligación que nosotros tenemos con relación (y lo repito siempre) al hijo perfecto. Yo también quiero que esta criatura diferente sea perfecta en su diferencia.
—Lo entiendo en lo teórico, ¿pero los padres de chicos diferentes lo sienten así?
—Hay que decírselos. Hay que trabajar en esto. Por eso le menciono el trabajo de León Gieco. Yo prologué su libro y estuve escuchando a los chicos cantar a pesar de no tener brazos ni piernas y tocar la armónica gracias a un sistema ideado por León que les permite prescindir de sus manos. Aprendamos entonces que lo perfecto tiene como medida a aquel que uno esté dispuesto a aceptar con lo que la vida le ha puesto en el camino. Cuando tenemos hijos, esperamos que el amor que le brindamos consiga de ellos lo mejor. Y no siempre sucede así. Muchas veces nuestro amor no es el motor necesario y ellos precisan otras cosas. Y aquí también entra un fenómeno de omnipotencia de los padres. ¿Qué sabemos si el amor que le brindamos era el que el chico realmente necesitaba? Muchas veces el amor que el chico necesitaba suele ser otro y todos amamos de acuerdo a lo que somos. Pero resulta que eso puede no coincidir con lo que el niño es y con lo que realmente desea. Como psicoanalista de niños, he oído muchas veces esta frase: “Sí, yo sé que me quieren pero no me entienden”. Este es un grave esfuerzo porque, a veces, entender a los hijos es desentenderse del propio amor que uno gradúa de acuerdo a nuestros propios esquemas. El clásico diálogo “nene, ponete la camiseta”. “Pero si no tengo frío…” “Te vas a resfriar…” no es tan pueril como parece. El chico no se resfría porque tiene un metabolismo que le permite no resfriarse y salir sin la bufanda que le tejió la abuelita. Esto, repito, parece un ejemplo muy elemental pero habría que hacer un seminario sobre el tema. El profundo amor que yo le tengo a mi hijo a lo mejor no es el amor que él necesita porque mi amor puede llevarlo a exigencias en las que me estoy equivocando pese a creer que son las mejores para él. El amor que necesita es el reconocimiento de quién él “es” en lo mejor que pueda ser.
—En una palabra, uno ama de acuerdo a sus parámetros o cómo nos gustaría ser amados. Y el otro no es uno mismo.
—Este es el punto exacto de la diferencia y de la diversidad: “A este hijo le gusta todo lo que a mí no me gusta. Quiere todo lo que yo no quiero”. Pero pensemos también: “Sin embargo es feliz cuando se encuentra en esas situaciones”. Y allí tenemos que aceptar aquello de “quien tiene que cambiar soy yo”. Obviamemente, si al chico lo que le gusta es la marihuana la historia es otra. No confundamos. En el problema de los padres que quieren hijos maravillosos, por una parte hay que entender lo que es amor pero por otra, no se puede omitir una cierta necesidad de lucimiento personal.
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